Algo muy gordo (2017, Carlo Padial)

Algo muy gordo no es una comedia para todos. Berto Romero y Carlo Padial exploran los límites del género para intentar hacer algo fuera de lo común y desmarcarse de las decenas de comedias españolas que se estrenan a lo largo del año que siguen la misma estructura y hablan, en mayor o menor medida, de los mismos temas. Es una película, dentro de una película, que juega al despiste y desviste a los actores que la componen desprendiéndoles incluso de sus falsas identidades a representar dejándoles con su verdadero nombre con el único objetivo de tirar de la sábana y ver lo que realmente se vive dentro de un rodaje. El modus operandi de realizar un largometraje sin ningún tipo de filtro. Elevándolo al absurdo, por supuesto, para abrir paso a la comedia a partir de lo que parece un asunto serio y profesional. El problema, sin embargo, reside en que no todo el mundo ha participado en un rodaje y, por tanto, va a perderse muchísimos elementos de este falso documental. Las bromas entre los actores, las discusiones con el director sobre el acting, los secretos detrás de las cámaras, los cambios de última hora, etc. Son problemas que se palpan a diario en cualquier set de rodaje donde se esté llevando a cabo la difícil tarea de construir un film, pero nadie hasta ahora, a nivel nacional, había indagado con tales intenciones jocosas en ofrecer al público lo que sucede detrás del telón cuando un proyecto se va al traste por diversos motivos.

Haciendo uso de la captación del movimiento, Algo muy gordo expone a Berto Romero como un humorista frustrado por lo repetitivos que resultan ser sus trabajos. En esas, le surge un proyecto innovar con Carlo Padial, un director que quiere realizar un largometraje al más puro estilo El Hobbit de Peter Jackson, es decir, un film hecho enteramente por CGI –efectos digitales por ordenador- que conoce el fracaso antes de ver la luz. Pero resulta que documentar ese proyecto fallido es mucho más atractivo que el largometraje que se intentó llevar a cabo. Utilizar el mockumentary para una temática humorística es algo que siempre suele funcionar bien. Lo que hacemos en las sombras (Taika Waititi y Jemaine Clement) es un ejemplo de ello, aunque no tiene nada que ver con Algo muy gordo a excepción del subgénero.

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El hecho de que la trama en sí se plantee como un documental donde se nos aproxima a los actores de un modo intimísimo en el cual se puede llegar a conocer ciertas motivaciones de los actores a la hora de trabajar, hace de la película algo más que una simple comedia. Javier Botet, uno de los actores principales, era casi un desconocido en el cine nacional, puesto que sus interpretaciones casi siempre han sido a cargo de productoras extranjeras para encarnar a todo tipo de monstruos. Es de esos actores que regala su cuerpo a la tecnología para construir cualquier clase de pesadillas en el cine de terror. Pero en Algo muy gordo eso no es así. Aquí se hace cargo de interpretar a un falso policía mientras, en su subtexto, va soltado comentarios típicos de estrella de Hollywood para contrastar con el resto del reparto que apenas ha salido de su localidad. Por otro lado, el film dispone de otros actores como Carolina Bang o Carlos Areces que se ven desaprovechados por la sombra de Miguel Nogueras, que incluso tapa en cierto modo tapa a Berto Romero por su afinidad a chupar cámara tanto como pueda. Es con ellos, y con el interminable gag sobre lo ridículo que resulta para un actor actuar mediante la captación de movimiento en un set enteramente verde para reconstruir las escenas y objetos mediante el CGI, con los que los límites del post-humor llegan a tocar fondo.

Dejando claro que aquí lo que importa no es la historia –dado que casi es inexistente- sino la sucesión de gags a los que los actores se ven forzados a protagonizar realizando una interpretación doble: la del personaje ficticio y la de su persona real. Un contraste que puede ser peligroso. Algo muy gordo desde luego consigue lo que pretendía, ser una comedia distinta a cualquiera que se haya ofrecido en el panorama nacional. Aunque puede que su obsesión por ser diferente sin pararse a pensar demasiado en la calidad del humor que contiene, sea uno de los motivos por los que la cinta no consigue alzarse del todo victoriosa como le hubiera gustado. Un humor que bien es cierto que de cara al backstage del mundo del cine es un verdadero caramelito, pero para aquellos que no les interese cómo es un rodaje ni lo que se cuece en él, no funciona en absoluto.

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