Lady Macbeth (2017, William Oldroyd)

Hay mucha miga en Lady Macbeth. Más allá de compartir título con una obra de culto, el debut de William Oldroyd, ávido hacedor de cortometrajes, se ha convertido en uno de los mejores largometrajes de 2017. Per sé, el drama de época es un género con el que no me entiendo demasiado. Sea por sus interpretaciones demasiado teatrales o por su devoción por querer recrearlo todo al milímetro, incluso el ritmo pausado con el que parece que se hablaba entonces. Pero Oldroyd no hace nada de eso en Lady Macbeth. Construye un escenario teatral, sí, pero sin sobrecargarlo en exceso por esa Inglaterra Victoriana. Es una puesta en escena de lo más sencilla. Y funciona mucho mejor que cualquier otro film que se le asemeje. Presta mayor atención a la composición del personaje principal y su profunda trama, que a los decorados. Que también están de maravilla, pero no son el plato fuerte de la cinta. Lady Macbetch cuenta la historia de Katherine, una joven mujer que vive angustiada por culpa del matrimonio de conveniencia con el que debe convivir. Pero todo cambia para ella cuando se enamora de un trabajador de su finca. Es entonces cuando se desata en ella una fuerza vital imparable.

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En su arranque, Lady Macbeth es prácticamente muda. Tan solo se pueden ver planos fijos, largos, en los que Katherine es sometida a vestirse, arreglarse y comportarse como una mujer de alta cuna para mantener las apariencias de un estatus social destacable. Son unos planos donde lo único que se escucha, prácticamente, son los quejidos de la pobre muchacha ante tales situaciones incomodas que debe acatar por orden de su –no querido- marido. Más o menos, uno se puede hacer la idea del tono que llevará el largometraje una vez ve su inicio. Y más aún teniendo en cuenta el género y la historia por la que se mueve. Pero no es para nada así. Ese pistoletazo de salida no es más que una muestra para que, luego, el contraste sea notable. En Lady Macbeth hay delicadeza, dosis altísimas de sensualidad, pero no hay suavidad. El film es basto en todos sus aspectos. Es la conversión total de Florence Pugh, la protagonista, de una mujer paciente y tranquila, a un monstruo capaz de asesinar a cualquiera para conseguir aquello que desea. Claro que, teniendo en cuenta la cantidad de lastres que ha arrastrado y a todo lo que ha estado sometida, podría llegar a entenderse esa rabia incontrolable que sale de su interior. Sin embargo, Oldroyd lleva esa rabia a su máximo exponente para convertir a Pugh en una asesina en serie cegada por su amor platónico, y ni con esas uno es capaz de odiar a Katherine. Es una cinta que responde a muchas de esas preguntas retoricas por amor. Sobre qué es capaz de hacer un enamorado por mantener a la otra persona a su lado, a costa de lo que sea. Como ejercicio reflexivo por ese concepto, también es bastante brillante.

Y en el asunto de las actuaciones tampoco hay nada que reprocharle. Empezando por la ya nombrada protagonista, Florence Pugh, establece unos niveles interpretativos espectaculares. Su representación de Katherine resulta ser tan realista, que se gana el cariño de todo espectador. Hace un in crescendo de sus emociones, expresadas por el director mediante uno de esos planos fijos en un sillón que se repite en diversas ocasiones para dividir los actos y estados anímicos de Pugh, cambiando de personalidad de manera abrupta cuando uno menos lo espera. Representa la liberación. La libertad de poder hacer lo que a uno le venga en gana sin necesidad de dar explicaciones a nadie. Ni atenerse a unas reglas establecidas por la sociedad. Lady Macbeth encarna el conocido “flechazo” o amor a primera vista a través de Pugh y del no tan destacable Cosmo Jarvis. Que queda bastante tapado por su compañera protagonista o incluso por otros actores como Christopher Fairbank, que aunque este de vida a un personaje secundario, la empatía y carisma que transmite son apabullantes. No transmite sensaciones positivas precisamente, pero lograr lo contrario también merece ser reconocido de igual modo. Sin dejar de lado a Naomi Ackie, que aún estando un poco más descafeinada, tampoco está nada mal. Lady Macbeth es puro amor convertido en terror, una cinta que no debería pasar nada desapercibida.

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